Excelencia: un viaje, no un destino
La excelencia no es un destino fijo. Es un proceso continuo de mejora.
Esta simple verdad cambia por completo cómo deberíamos enfocar nuestras metas y aspiraciones. Cuando vemos la excelencia como un viaje en vez de un punto final, nos liberamos de la tiranía del perfeccionismo y abrazamos el poder del progreso.
Los mayores logros de la historia no fueron momentos singulares de genialidad, sino más bien la culminación de innumerables pequeñas mejoras. La bombilla de Thomas Edison fue el resultado de miles de intentos fallidos. La medalla de oro de un atleta olímpico representa años de mejoras graduales en fuerza, técnica y fortaleza mental.
Esta perspectiva transforma la forma en que abordamos los retos:
Celebra las pequeñas victorias a lo largo del camino.
Hace que el fracaso sea una parte natural del crecimiento en lugar de un juicio definitivo.
Fomenta la resiliencia cuando el progreso parece lento.
Cambia el enfoque de la comparación al desarrollo personal.
La excelencia como proceso también reconoce que los estándares evolucionan. Lo que ayer constituía la excelencia, mañana puede ser simplemente adecuado. El maestro artesano, el científico, el artista o el empresario comprenden que el aprendizaje nunca termina.
Quizás lo más importante es que considerar la excelencia como un viaje aporta alegría al proceso en sí mismo. Cuando separamos nuestra satisfacción de una meta lejana y, en su lugar, encontramos la plenitud en la mejora diaria, descubrimos que la excelencia no es solo algo que perseguimos, sino que se convierte en una forma de vida.
La pregunta pasa de «¿He alcanzado la excelencia?» a la más motivadora «¿Cómo estoy mejorando hoy?».