Romper la espiral: por qué el progreso supera a la perfección
La involución, ese giro hacia dentro en el que optimizamos lo mismo una y otra vez, parece productivo. Perfeccionamos nuestros procesos, pulimos nuestras presentaciones, mejoramos nuestros argumentos de venta. Pero en realidad no estamos avanzando. Solo estamos compitiendo más intensamente por el mismo espacio.
El antídoto no consiste en trabajar más duro dentro de los límites existentes. Consiste en salir de ellos.
Esto implica plantear preguntas diferentes. No «¿Cómo podemos mejorar nuestro enfoque actual?», sino «¿Qué enfoque haría que este quedara obsoleto?». No «¿Cómo podemos competir mejor?», sino «¿Qué eliminaría a la competencia?».
En los negocios, la involución se manifiesta cuando industrias enteras persiguen mejoras incrementales y pasan por alto cambios fundamentales. ¿Recuerdas cuando los teléfonos móviles se hicieron cada vez más pequeños, hasta que alguien se preguntó qué podían hacer los teléfonos en lugar de solo cuán pequeños podían llegar a ser?
En nuestro propio trabajo, esto se manifiesta cuando refinamos sin cesar la misma propuesta, optimizamos la misma campaña y ajustamos la misma estrategia. El trabajo parece importante porque requiere esfuerzo. Pero el esfuerzo dedicado a profundizar en una rutina no es lo mismo que progresar.
El camino hacia fuera requiere incomodidad. Significa abandonar la experiencia que hemos acumulado, alejarnos de la optimización que hemos dominado y aventurarnos en la incertidumbre, donde volvemos a ser principiantes.
Pero ahí es donde reside el crecimiento: no en la perfección de lo conocido, sino en la exploración de lo que está por venir.