Del revés.
Cuando envejecemos, e incluso cuando somos jóvenes, podemos obsesionarnos con nuestras imperfecciones percibidas, así como con la belleza exterior. Si somos sabios, nos damos cuenta de que lo que somos por dentro y cómo crecemos tiene la longevidad más auténtica, y es un rostro evidente y atractivo para el mundo.