Establecer tu propio valor
El respeto que recibes no es lo que mereces. Es lo que has enseñado a los demás a darte; tu poder para moldearlo.
A menudo creemos que el respeto debería ser automático, algo que se da libremente en función de nuestro valor inherente. Sin embargo, el respeto funciona más bien como una moneda social, con tasas establecidas a través de innumerables pequeños intercambios.
Cuando alguien pone a prueba tus límites con un comentario despectivo o una interrupción, tu respuesta envía una señal clara. ¿Lo abordas de inmediato? ¿Lo dejas pasar? Tu reacción se convierte en un modelo para futuras interacciones.
Esto no significa una confrontación agresiva. Establecer límites se puede hacer con calma y claridad: «Te agradecería que no me hablaras así» o «No había terminado de expresar mi opinión».
Las personas más respetadas no son aquellas que exigen reconocimiento, sino aquellas que refuerzan sus principios de forma constante y discreta. Entienden que enseñar a los demás cómo tratarte es una práctica continua, no una declaración puntual.
Esta perspectiva no se trata de culpar a la víctima. La falta de respeto de los demás siempre refleja su carácter, no el tuyo. Pero reconocer tu capacidad de acción en estas dinámicas te da poder. Puede que no controles el comportamiento inicial de los demás, pero influyes significativamente en si continúa o no.
El respeto más valioso no se da libremente, es el respeto que tú has enseñado a los demás que no es negociable. No se gana exigiéndolo, sino demostrando lo que estás dispuesto a aceptar y lo que no.
¿Qué estándar estás estableciendo hoy?