El poder de la inteligencia colectiva: cuando el todo supera a la suma de las partes

Hablamos sin cesar sobre el coeficiente intelectual, la inteligencia emocional y la inteligencia artificial. Pero hay otra forma de inteligencia que merece nuestra atención: la inteligencia de equipo.

La inteligencia de equipo no es simplemente la suma de la capacidad intelectual de cada uno de sus miembros. Es algo más sutil y más poderoso. Es la capacidad colectiva de un grupo para percibir, interpretar y responder a los retos de una forma que ningún miembro podría lograr por sí solo.

¿Qué es lo que crea la inteligencia de equipo?

La base es la seguridad psicológica. Cuando las personas se sienten lo suficientemente seguras como para expresar ideas a medio formar, admitir su confusión o cuestionar suposiciones sin temor al ridículo, el pensamiento del equipo se profundiza. Las buenas ideas mejoran. Las malas ideas se detectan a tiempo.

Luego está la diversidad cognitiva. Un equipo en el que todos piensan igual es como una sola persona con varios teclados. La verdadera inteligencia de equipo surge cuando diferentes perspectivas, experiencias y estilos de pensamiento chocan de manera productiva. El ingeniero ve las limitaciones técnicas. El diseñador ve la frustración del usuario. El responsable de operaciones ve las implicaciones posteriores. Juntos, ven el panorama completo.

Los patrones de comunicación también son importantes. En los equipos de alto rendimiento, el diálogo fluye de forma natural entre los distintos niveles jerárquicos y funciones. La información no se acumula en silos. Las preguntas se formulan y se responden rápidamente. El equipo desarrolla un vocabulario y unos modelos mentales comunes que aceleran la comprensión.

El valor real

La inteligencia colectiva demuestra su valor en la forma en que los grupos gestionan la complejidad y la incertidumbre. La brillantez individual puede resolver los problemas conocidos más rápidamente, pero la inteligencia colectiva maneja mejor la ambigüedad. Detecta patrones que los individuos pasan por alto. Pone a prueba las hipótesis mediante un debate saludable. Se recupera más rápidamente de los errores porque varias personas comprenden el contexto.

Quizás lo más importante es que la inteligencia del equipo fomenta la resiliencia institucional. Cuando el conocimiento y la capacidad residen en el colectivo y no en las mentes individuales, la organización no se ve paralizada cuando alguien se marcha o asciende.

Cultivándolo

No se puede imponer la inteligencia de equipo, pero sí se pueden crear las condiciones para que florezca. Dedique tiempo a ayudar al equipo a comprender cómo piensa y trabaja cada miembro. Cree un espacio para el diálogo genuino, no solo para las actualizaciones de estado. Recompense la resolución colaborativa de problemas, no solo las hazañas individuales. Y quizás lo más importante, dé ejemplo de la vulnerabilidad y la curiosidad que hacen que la seguridad psicológica sea real y no solo retórica.

La persona más inteligente de la sala no siempre es el activo más valioso. A veces es la sala en sí misma.

La marca visual

The Visual Brand (TVB) es un estudio de innovación de marcas con sede en el área metropolitana de Nueva York, la segunda generación de un exitoso estudio con sede en Nueva York fundado por el veterano en branding Randy Herbertson. TVB trabaja con marcas y empresas locales, nacionales e internacionales líderes y emergentes en áreas de práctica bien establecidas, incluyendo el desarrollo de conocimientos y la creación de bases para marcas y mensajes, y el diseño de servicios completos, desde el embalaje, el diseño de movimiento, el diseño industrial y medioambiental hasta la impresión, el vídeo/televisión y lo digital. Habiendo crecido en la era digital, TVB aprovecha y se basa en la tecnología más avanzada en todas sus áreas de práctica. TVB tiene una presencia multinacional y capacidades bilingües nativas, con una estrecha colaboración en Latinoamérica.

https://thevisualbrand.com
Anterior
Anterior

El valor irremplazable de estar presente

Siguiente
Siguiente

El poder silencioso de dar sin reconocimiento