El regalo de casi
Gastamos tanta energía tratando de evitar quedarnos cortos. Nos cubrimos las espaldas, gestionamos las expectativas y, a veces, ni siquiera intentamos lo que realmente queremos porque la brecha entre la aspiración y el logro nos parece demasiado arriesgada como para exponerla.
Pero quedarse corto no es lo mismo que fracasar. Es un requisito previo para crecer.
Cuando te quedas corto, descubres exactamente dónde está el límite de tu capacidad actual. No de forma teórica, sino con precisión. Aprendes lo que realmente sabes frente a lo que creías saber. Descubres qué habilidades necesitas perfeccionar y qué suposiciones debes descartar.
El fracaso también revela el carácter de una manera que el éxito nunca puede hacerlo. El éxito confirma lo que ya creías sobre ti mismo. El fracaso te obliga a decidir quién eres cuando las cosas no salen según lo planeado. ¿Te rendirás? ¿Te adaptarás? ¿Redoblarás tus esfuerzos? Esa decisión, tomada en la brecha entre dónde estás y dónde esperabas estar, te dice más sobre ti mismo que cualquier discurso de victoria.
Hay algo más: quedarse corto te mantiene humilde y hambriento en igual medida. Te recuerda que aún estás aprendiendo, aún estás en proceso de convertirte en algo. Y, paradójicamente, esa es precisamente la mentalidad que, al final, te permite cerrar la brecha.
Las personas que más logran no son aquellas que nunca fracasan. Son aquellas que fracasan, prestan atención al motivo y utilizan esa información para recalibrar su enfoque.
Entonces, tal vez la pregunta no sea «¿Qué pasa si no lo consigo?», sino «¿Qué aprenderé cuando lo haga?».
Porque lo harás. Y ese es precisamente el punto.